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Días Gloriosos.

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Los días gloriosos la tierra pudo dejar de existir y no hubiera habido lamento. El calor del sol me consumió desde dentro, mi cuerpo ardió en llamas, esos días. Los alientos eran huracanes capaces de consumirlo todo, los terremotos eran catástrofes que todo lo destruían. Invencibles, nos levantamos; inmortales, nos pensamos. Te adiviné como el inicio y fin de todo, trozo de cielo, resplandor incandescente, interminable. Ahí quería cerrar mis ojos, deseaba que mi aliento se consumiera en tu boca, que mis fuerzas se perdieran en las tuyas. Aquellos días, cielo mío, fueron tan gloriosos que no temí a la muerte, pero tampoco le temía a la vida. Y ya no vuelven, sólo miro los despojos de un apocalipsis incompleto, el mayor de los castigos: la vida interminable bajo un sol resplandeciente mientras por dentro me desgarro.