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Confesión 1.

 Hubo un tiempo en que mis ojos sólo veían belleza: en los árboles, las personas, les emociones de cada día, en mí. La vida brilló como nunca antes. Esa etapa terminó por escaparse como agua entre mis dedos, no pude quedarme ahí por siempre, porque supongo que eso simplemente no sucede. Hoy por más que lo intento, todo está algo empañado. Se siente distinto a todas las veces anteriores, no tan oscuro, pero desolador. No tengo el corazón roto, ni mi mente rota. Quizás tengo la vida lastimada. Tengo deseos de amar, pero pocas fuerzas. Me duele el sol y el viento en mi piel, me duelen las lagrimas y risas ajenas y propias. Me duele.

Los días sin ti. 1.

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Desde entonces, cada vez que corro sola, hacia ningún lado, deseando alcanzarte y miro esos atardeceres en los que parece que el cielo se incendia, me gusta pensar que eres tú, pintando el cielo para que yo no te sienta tan lejos. Los últimos y fríos meses del año tienen esto de traer tu nombre a mi cuerpo. Al despertar y llegar a los días que han sido mis preferidos, intento entender que la vida ya no será como la conocía. Que hay que rehacer los diciembres, no esperar tu voz del otro lado del teléfono cada 24 de noviembre, no esperar que con la navidad llegue tu abrazo, dejar atrás los deseos de llegar a tu casa y los berrinches que desde niña hacía cada vez que llegaba el momento de irse. Y sólo por eso, por un beso tuyo que ya no será, por todas las veces que debí ahorrarme la pena y bailar contigo, por las fotos que sólo tomé en mi memoria, por todos los días grises en los que te vuelvo a enterrar, por esta ausencia que yo no sabía que existía y que ahora existe en mis h...

Buscar tus huesos.

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"¿Quieres un consejo psicoanalítico? Ve a recoger los huesos." Clarissa Pinkola Estés. -Mujeres que corren con los lobos. El Coyote me dice: “Bienvenida al desierto”. Se abre frente a mí algo que no conozco, algo que he leído, escuchado, deseado y ahí está. Aquí estoy, yo, Daphne Alejandra, hija de Josefina y Sergio, nieta de Jorgín y Juanita, de Rosa Y José; y vine al desierto a buscar mis huesos. Vine a buscar lo que se murió de la que fui, a recuperar mis restos para acomodarlos cerca del fuego y cantarles mi canción de vida, aquella que me sale de los ovarios, cantármela y renacer, loba. El desierto con sus espinas y su silencio me recibe afectuoso y paciente. Venía, como aprendí, con la armadura y las armas listas, con la mente y el cuerpo alertas. El desierto, dulcemente, me pide que vaya destejiendo mi corazón. Poco a poco lo que mis labios enuncian se vuelve más profundo, lo que escucho me retumba en el cuerpo, lo que miro va cobrando sentido y ...

Instrucciones para que una mujer olvide.

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1.- Deja correr su sangre mezclada con la tuya por entre tu cuerpo y fuera de ti. 2.- Recibe el abrazo de un amigo. 3.- Cada mañana abraza al sol, aunque no tengas fuerzas. 4.- Cada día camina la vida, aunque sea despacio. 5.- Lávate el cabello en el río y deja que el río viva un rato en tus ojos. 6.- Usa un vestido bonito, recibe cada halago. 7.- En cada puesta de sol, habla de él; hasta que no haya más que hablar. 8.- Una amiga debe enseñarte a zapatear en la madera. Zapatea descalza hasta que los huesos te retumben y te acuerdes que estás viva. 9.- Discúlpale por todo aquello que requieras disculpar. 10.- Escucha música que venga de otras almas. 11.- Perdónate por lo que no te diste a ti misma y buscaste fuera de ti. 12.- Respira profundo en tus silencios. 13.- Deja que tus amigos te roben risas. 14.- Vuelve a hacer lo que amas. 15.- Recuerda que toda sanación duele. 16.- Dale su tiempo necesario a cada paso. 17.- Cua...

Marina 1.

Desde la azotea del café donde estaba Marina se leía el número 684. Contó tres ventanas, del lado derecho había una azotea curiosa llena de escaleras que igual te llevaban al cielo, al infierno o a ningún lado. Del lado izquierdo había un hueco entre todos los edificios por donde se colaba la vista a un horizonte lleno de casas pequeñas y apretadas que, por la lejanía, parecían el hogar de una comunidad de enanos. Marina había caminado un buen rato por el centro, el clima era caluroso y los pies le dolían. Había terminado, por fin, en el cafecito que tanta curiosidad le generaba, al que prometió ir con Pamela, sin embargo esa tarde estaba sola. Aunque Marina amaba el centro de la ciudad N, ese día le resultó incómodo, lo que no era extraño, pues ese día, por sí solo, había sido eso: incómodo. Tras la noticia que había recibido una noche antes, apenas durmió, apenas logró levantarse y había terminado por vomitar la comida, así que moría de hambre, pero el cafecito curioso, ese día...

Torre 2, interior 4.

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Ella, con ese gesto de encoger los hombros y acomodarse el cabello tras la oreja. Muchas noches se hicieron madrugadas mientras soñábamos lo que seríamos con el pasar del tiempo, y también hablábamos de amor, y yo pensaba que ella era tan testaruda y ella se reía de mí, de mis enamoramientos, de ese amor que yo pensé que nunca superaría. En esos días, aquello que nos preocupaba mucho, sabíamos en el fondo, que eran tonterías, que todo pasaría y que nuestra vida sería brillante, porque a los veinte años la vida es brillante. Un día un carro y el odio de alguien ajeno irrumpió nuestras jóvenes y brillantes vidas. Fue un mensaje que me envió al celular mientras yo ensayaba una obra de teatro: una noticia, y la siguiente vez que la vi sus ojos, ya no tenían veinte años. Me quedé cerca, casi nunca la vi llorar, casi nunca me dijo lo que sentía; pero en su forma de tratarme sabía que me agradecía infinitamente quedarme otra tarde con ella, y yo sólo quería hacerlo, porque no entendía su dol...

Para Lunático (1)

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Ojalá el sol no me hubiera alcanzado la piel aquella madrugada y mi aliento se hubiera detenido en el silencio de contemplarte sin dudas. Que se me acaben los mares hondos que llevo dentro. Quiero secarme como un desierto dorado y mortal, cansino. Porque no me caben flores en esta grieta desolada que soy. Porque aquí no nace nada. Porque quien camine estas arenas corre el riesgo de morir envenenado de amargor. Por eso nadie se acerca. Por eso el silencio. Por eso la muerte.

Días Gloriosos.

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Los días gloriosos la tierra pudo dejar de existir y no hubiera habido lamento. El calor del sol me consumió desde dentro, mi cuerpo ardió en llamas, esos días. Los alientos eran huracanes capaces de consumirlo todo, los terremotos eran catástrofes que todo lo destruían. Invencibles, nos levantamos; inmortales, nos pensamos. Te adiviné como el inicio y fin de todo, trozo de cielo, resplandor incandescente, interminable. Ahí quería cerrar mis ojos, deseaba que mi aliento se consumiera en tu boca, que mis fuerzas se perdieran en las tuyas. Aquellos días, cielo mío, fueron tan gloriosos que no temí a la muerte, pero tampoco le temía a la vida. Y ya no vuelven, sólo miro los despojos de un apocalipsis incompleto, el mayor de los castigos: la vida interminable bajo un sol resplandeciente mientras por dentro me desgarro.

Cartas (1)

Aquí otra vez, otro blog en el que intentaré escribir... porque sí, ya iré rescatando los textos pasados que se quieran venir conmigo.  Querido amigo: Has tenido razón, el día de hoy buscaría nuevas alternativas de resolver la vida, la mía. El cielo está precioso, imagino que quizás, en tu propio silencio, lo miras también. Había viento, no te he contado aún sobre el viento y yo, pero me rozaba la piel y me recordó que la vida no se ha detenido en mis venas. Pienso en las veces que hablas de mi sonrisa, hoy he sonreído poco. Hoy mis ojos han tenido azul dentro, y no los has mirado. Mi alma no está en mí, flota, le extraña y se resiste a regresar sin él, pero dijiste que un día habrá paz, te creo. Pienso que me gustaría mirar las estrellas con tu aliento al lado mío… un día, quizás. Por cierto, cuando hay azul en tus ojos, es casi gris; eso no te lo había contado. Bonita madrugada querido amigo.