Torre 2, interior 4.

Ella, con ese gesto de encoger los hombros y acomodarse el cabello tras la oreja. Muchas noches se hicieron madrugadas mientras soñábamos lo que seríamos con el pasar del tiempo, y también hablábamos de amor, y yo pensaba que ella era tan testaruda y ella se reía de mí, de mis enamoramientos, de ese amor que yo pensé que nunca superaría. En esos días, aquello que nos preocupaba mucho, sabíamos en el fondo, que eran tonterías, que todo pasaría y que nuestra vida sería brillante, porque a los veinte años la vida es brillante. Un día un carro y el odio de alguien ajeno irrumpió nuestras jóvenes y brillantes vidas. Fue un mensaje que me envió al celular mientras yo ensayaba una obra de teatro: una noticia, y la siguiente vez que la vi sus ojos, ya no tenían veinte años. Me quedé cerca, casi nunca la vi llorar, casi nunca me dijo lo que sentía; pero en su forma de tratarme sabía que me agradecía infinitamente quedarme otra tarde con ella, y yo sólo quería hacerlo, porque no entendía su dolor, pero me lo imaginaba y yo la quería mucho, la quería con la honestidad que sólo habita entre personas que se escriben dedicatorias en los textos y que nadie más entiende, sólo los cómplices.

Un día ya no quiso más que compartiéramos tardes, ni secretos, ni sueños, ni discusiones. Un día la puerta de nuestras madrugadas juntas, se clausuró, sin explicaciones, sin despedidas. La extrañé, me enojé con ella y volví a extrañarla.

Es verdad, hay amores que perduran en el tiempo. Ella sigue encogiendo sus hombros y acomodando su cabello, y sus ideas siguen compensando lo pequeñito que es su cuerpo. La conozco tanto, que sé lo que va sintiendo mientras intenta ocultarlo de los demás, y ella sigue conociendo mis ansías e inseguridades, sigue burlándose de mí, sutilmente; y después me dice que ya haga las cosas. Ella tan impulsiva y yo tan analítica (podríamos haber conquistado el mundo). La otra tarde se ha quedado conmigo unos veinte minutos, a soñar, otra vez, y nuestros rostros dibujaban sonrisas. Quise abrazarla, decirle que ahora la entiendo un poco más, que mis ojos también envejecieron, quería pedirle un consejo, escucharla y que ella me escuchara, pero hubiera sido fuera de tiempo: La puerta parece que ya no tiene candado, pero aún está cerrada.


Pero ya te escribo de nuevo, hoy releí el libro que me regalaste después de la noticia que nos opacó. Creo recordar, muy gris, que me advertías de irte, lo cumpliste, pero en el libro, ellos se reencuentran. Mira, el amor eterno parece existir, pero es la amistad.









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