Marina 1.


Desde la azotea del café donde estaba Marina se leía el número 684. Contó tres ventanas, del lado derecho había una azotea curiosa llena de escaleras que igual te llevaban al cielo, al infierno o a ningún lado. Del lado izquierdo había un hueco entre todos los edificios por donde se colaba la vista a un horizonte lleno de casas pequeñas y apretadas que, por la lejanía, parecían el hogar de una comunidad de enanos.

Marina había caminado un buen rato por el centro, el clima era caluroso y los pies le dolían. Había terminado, por fin, en el cafecito que tanta curiosidad le generaba, al que prometió ir con Pamela, sin embargo esa tarde estaba sola. Aunque Marina amaba el centro de la ciudad N, ese día le resultó incómodo, lo que no era extraño, pues ese día, por sí solo, había sido eso: incómodo. Tras la noticia que había recibido una noche antes, apenas durmió, apenas logró levantarse y había terminado por vomitar la comida, así que moría de hambre, pero el cafecito curioso, ese día sólo servía café.

Desde el lugar que ocupaba Marina, era como una observadora, nadie notaba su presencia, pero ella podía verlo todo. Tenía que esperar a que el café se enfriara, pues Chelito siempre le dio la comida casi fría. Mientras esperaba, Marina pensaba si encontraría lugares como ese en la ciudad T, si haría amigos, si expondría alguna pintura o si se enamoraría de alguien; en este momento fue cuando un corazón de burbujas se formó en la superficie de su café, cualquiera hubiera pensado que era una señal, pero a Marina sólo le dio risa, la primera risa del día (así que, técnicamente, ya podía morir; su reto, por día, era mínimo una risa). Entre la mezcla de pensamientos sobre los cambios que traería la ciudad T, Marina terminó en algún lugar del pasado pensando en todo lo vivido en ciudad N, Joshua vino a su cabeza, y como vino de inesperado, igual se fue. Terminó pensando en Alan, en que ojalá le mandara un mensaje, porque a pesar de todo, prefería mil veces tomar ese café con él que sola.

Marina era, lo que diríamos, más alta que la mujer mexicana promedio; más o menos delgada, con piel blanca y cabello castaño bien largo, bastante normal, a excepción de que odiaba los zapatos, los celulares, las bolsas, el rímel y los relojes. Los zapatos eran feos porque no importa que tan cómodos fueran, siempre le lastimaban; los celulares los odiaba porque tenía que cargar con uno, y si algún día le daba por perderse ya no podría, pues la localizarían (al menos de que no contestara, entonces Chelito caería en una crisis de pánico); los relojes le recordaban el tiempo, el rímel le daba alergia y las bolsas… esas las odiaba porque sí. Mientras yo les cuento sobre quien era Marina, ella pensaba que últimamente le molestaba que las personas le lanzaran sogas, pero igual le molestaría si no lo hicieran.

Marina sentía hoyos en la barriga cada que veía un jetta gris platino o cada que el celular sonaba, odiaba esos segundos de tener que tomar el celular, asomarse a la pantallita, leer el número y caer en cuenta de quien llamaba. Ese día vio tres jettas grises platino y su celular sonó dos veces, pero no contestó (ninguna de las dos veces fue el número de Alan, y no le interesaba hablar con nadie más ese día). 

Después de pensar que odiaba que le lanzaran sogas (aunque probablemente lo que odiaba era que sus manos se resbalaran al tomar esas sogas) se puso a ver las personas pasar, y sentía que era ver al mundo girar; que ni su voz, ni sus manos, ni sus lágrimas podían escucharse, como le había dicho la otra tarde a Alejandro: Era sólo una persona más. Una persona más, ni Marina amiga de Pamela, Marina sueño de Alan, Marina sobrina de Chelito y Manuel, Marina confidente de Sara o Marina fanática de Joshua. Ahí, en esa azotea escondida de todos, Marina ni siquiera era Marina; entonces un chico en bicicleta que pasaba por la acera levantó la mirada y clavó los ojos en los ojos de Marina, Marina ya era alguien, era la chica de los ojos tristes de la azotea del café, eso bastó para que Marina le diera un último sorbo al café y se fuera, sola.

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