Buscar tus huesos.

"¿Quieres un consejo psicoanalítico?
Ve a recoger los huesos."
Clarissa Pinkola Estés.
-Mujeres que corren con los lobos.


El Coyote me dice: “Bienvenida al desierto”. Se abre frente a mí algo que no conozco, algo que he leído, escuchado, deseado y ahí está. Aquí estoy, yo, Daphne Alejandra, hija de Josefina y Sergio, nieta de Jorgín y Juanita, de Rosa Y José; y vine al desierto a buscar mis huesos.

Vine a buscar lo que se murió de la que fui, a recuperar mis restos para acomodarlos cerca del fuego y cantarles mi canción de vida, aquella que me sale de los ovarios, cantármela y renacer, loba.

El desierto con sus espinas y su silencio me recibe afectuoso y paciente. Venía, como aprendí, con la armadura y las armas listas, con la mente y el cuerpo alertas. El desierto, dulcemente, me pide que vaya destejiendo mi corazón. Poco a poco lo que mis labios enuncian se vuelve más profundo, lo que escucho me retumba en el cuerpo, lo que miro va cobrando sentido y dejan de ser un montón de espinas y cielos para ser sabiduría de aquello que necesito comprender.

La primera noche me regala un fuego junto al Coyote y la Mujer que canta, es apacible, me siento acompañada y aunque me siento torpe, es la primera vez en mucho tiempo que no percibo que eso sea un problema; me dice el desierto que voy a necesitar ser paciente, sobre todo conmigo. Cuento la historia de Inanna, hablo sobre ofrendarse y ser un saco de huesos y renacer, vida-muerte-vida. Un aullido atraviesa todo el desierto y me atraviesa a mí. La madeja que es mi corazón, sigue desenrollándose, el fuego y la Mujer que canta escuchan sobre los hombres que amé, al que quizás amo y debo dejar morir y aquél al que quiero amar.

Con el día llega la paciencia, y con la paciencia me llega el entendimiento. Miro un árbol morir, se me estruja el corazón, es que a mí, la muerte, no sé… Coyote le agradece al árbol su vida que ahora será fuego, que será más vida, vida-muerte-vida.

Vamos al río. Señora río, mamá río me abraza, no como a una niña, como a una mujer. Le suelto con mis lágrimas aquella despedida que tenía pendiente de esa niña que fui, que ya no soy. Me miro y me siento los pechos y el vientre de mujer que tengo, y el río que se abre paso en medio del desierto y es vida, y el cielo azul que es inmenso y me cobija y la voz de la Mujer que canta que enciende mi propia voz y temerosa, voy cantando y esa voz de fuego naciente, crece, toca la tierra, busca el mar y ansía la estrellas y salta… Canto, para mí, para mis huesos, para mis heridas, para mis pasiones, para mis ancestros, para mis mujeres, para mi vientre, para que aquella vida que murió vuelva a ser vida, vida-muerte-vida. Me canto, para vivir.

Vamos al monte, a lo alto del desierto. Papá monte me detiene, en la entrada, “suelta las armas”, desconcertada, lo dudo, pero papá monte es determinante, “si quieres entrar, suelta las armas”. Me rindo, suelto las armas. Lloro, frente a papá, sin armas, admito para mí misma que estoy exhausta, que no quiero luchar más, no ahora. Ya no quiero pelear para que se apruebe quien soy, no quiero pelear para ser aceptada y/o amada, no quiero ya pelear para cada decisión, para demostrar lo que soy, ya no quiero pelear para sentir que encajo en algo, o en alguien. Suelto las armas, porque mis pasos ya son míos, yo ya defendí y conquisté mi libertad; aquel que quiera amarme, que lo haga desde su voluntad, porque, sobre todo, estoy cansada de pelear para demostrar que soy digna de ser amada. Me permito rendirme, vulnerarme, descansar, saber quien soy sin armadura, quien soy cuando no estoy en guerra. De rodillas frente a papá, admito que quiero un hogar al cual llegar, un refugio, que también yo quiero ser protegida, que quiero ser dulce y amorosa, tierna, que también eso soy.
Venía lista para la lluvia, el frío, la hostilidad, el calor insoportable, las revelaciones dolorosas, los caminos sinuosos y cansados, mi cabeza venía lista para todo eso; mi corazón no, mi corazón venía buscando un refugio, agua fresca, un mar; mi corazón vino a buscar un mar en el desierto y el desierto un mar con una luna plata me dio.

El mar, el río, el fuego, mi madre, mi padre, mis muertos, el desierto, todos me abrazan, todos me dan la bienvenida que me correspondía desde que nací. Ya nunca más voy sola, porque me tengo a mí y porque tengo a los que han estado antes y también la vida que viene a través de mí.
“Morena, esta noche no llores tus desgracias, hoy déjate amar. Hija (por fin soy hija), deja que te abracemos, porque fuera del desierto te esperan muertes, huesos y antes de atravesar el dolor (otra vez) necesitas comprender que la vida es amable y que tú mereces miel y cielos, campos verdes, fuego que arda en tu piel y tus huesos y que sea llamarada de vida.”

Regresar a casa, el desierto me besa y yo le beso, en la promesa del reencuentro. Regresar a casa y sí, la muerte llega, la de los míos y la mía propia. El dolor que me invade me parte en dos, le lloro a mis muertos y le lloro a mi muerte y esta mujer que soy, con su llanto que viene desde un lugar sagrado, limpia todo. Arrodillada frente a mis huesos canto, porque me estoy pariendo, porque este dolor es dolor de parto, soy yo, renaciendo.



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